viernes 1 de enero de 2010
Feliz Año Nuevo
sábado 5 de septiembre de 2009
La carta de los ministros
Tras dos años y cuatro billones de euros destinados a salvar algunos bancos europeos y estadounidenses, el día 4 de septiembre de 2009 unos cuantos ministros de hacienda de alguno de los países implicados en el expolio de sus ciudadanías van y publican una carta en los principales periódicos europeos planteando abiertamente esa situación, constatando que, pese a semejante ayuda, aún quedan eso que llaman activos tóxicos en los balances de esos bancos y reclamando más o menos que los banqueros que, sorprendentemente, siguen dirigiendo esas entidades hagan un esfuerzo por comportarse responsablemente y por hacer bien su trabajo, sin choriceos. Parece ser que redactar y publicar sin sonrojo esa carta es todo lo que las máximas autoridades monetarias de esos países pueden hacer.
¿Nada de enviar a las fiscalías las pruebas que hayan acumulado los bancos centrales en contra de esos banqueros que se burlan de todo el planeta?
¿Nada de exigir que los paraísos fiscales dejen de serlo?
¿Nada de montar “bancos malos” gestionados desde los bancos centrales que limpien de una vez esos dichosos balances de esa dichosa porquería y desde donde se reclamen responsabilidades por tener que hacer –esto también- con dinero público?
Pues no, se ve que a diferencia del resto de los ciudadanos, a los banqueros delincuentes o deshonestos no se les pueden aplicar las medidas punitivas que se reservan para el resto de los mortales. A diferencia, a ellos se les pide con mucha educación que trabajen correctamente. Sencillamente sublime.
Un día después de esa carta, en la reunión que han mantenido esos ministros con el resto de sus colegas de los países del G-20, deciden dos cosas: La primera es constatar que la recuperación ha comenzado y que –siguiendo las recomendaciones del FMI- es preciso mantener las ayudas públicas para que no se trunque. Como no dicen que esas ayudas sean para inversiones productivas que generen empleo, uno teme que se referirán a seguir dando dinero a algunos banqueros para que, por enésima vez, lo utilicen en limpiar sus balances y, por enésima vez, lo utilicen en seguir mintiendo sobre la calidad de sus activos, sin limpiar nada.
La segunda cosa que han decidido es recomendar una limitación en las millonarias primas que se conceden los altos directivos de esas entidades. Algo que es indiferente en la gestión y solución de la crisis. Si una empresa tiene beneficios y decide gastarse una parte importante de ellos en premiar a las personas que lo han hecho posible, eso es algo que sólo incumbe a sus accionistas. Como quien debe decidir el reparto son los altos directivos, son ellos los que se llevan la principal tajada, pese a que seguramente los beneficios hayan sido posibles por el esfuerzo de la gran mayoría de los empleados. Pero no es la justicia la principal virtud de esos gestores ni la principal preocupación de los accionistas, Así que si estos aprueban el dispendio, pues paz y gloria. ¿Por qué se han de meter los gobiernos? Pues para hacer ver que hacen algo. Porque a los ciudadanos los calienta la prensa con la publicidad de esas escandalosas cifras y así hacen ver que ellos también se preocupan de los mismos problemas que sus votantes. Lo que puede ser escandaloso es que una entidad que haya recibido ayudas públicas unos meses antes, aproveche los beneficios del siguiente trimestre en repartir regalías semejantes. Y es escandaloso no porque esos directivos abyectos no hayan ya anteriormente demostrado su tendencia a hacer las cosas para su exclusivo beneficio, sino porque hay una relación directa entre las ayudas públicas y los beneficios posteriores y, por tanto ¿cómo las autoridades que han aprobado la inyección de capital o la concesión de avales o la garantía estatal de emisiones, no han previsto prohibir esas prácticas previamente a la autorización de cualquiera de estas ayudas a las entidades que las requieran? ¿Quién puede creerse que sean tan tontos? Escandalizarse ahora con nosotros no es más que una actitud hipócrita. Puro teatro. Se reparten el papel. Imagino una cena entre los firmantes de esa carta y los principales banqueros receptores de ayudas en las que se ponen de acuerdo: “Tú publicas cifras de “bonus”, nosotros hacemos ver que nos escandalizamos. . .” “¿Sacamos otro acuerdo para reclamar cooperación a los paraísos fiscales?”, etc.
Seguramente se admiran de las tragaderas que tienen las ciudadanías de sus países. Desde hace dos años, cada tres meses, a) se anuncia que se ve el final de la crisis, b) se publica algún dato negativo que indica que esa recuperación será larga, c) se acuerda ayudar a los bancos con inyecciones directas de capital u otras ayudas, para que puedan limpiar sus balances de activos tóxicos, d) se publican cifras escandalosas de complementos de sueldo a directivos de entidades que han recibido ayudas y e) se reúne el G-20 para expresar su estupor y su demanda de buenas prácticas en el sector. Si no cuento mal salen ocho veces en dos años la misma representación. A este paso se convertirá en un auto sacramental, un rito del que las generaciones futuras desconocerán el origen pero consagrarán por tradición. El guión podría ser el siguiente: Pagar impuestos para que los gobernantes recaudadores los entreguen a unos delincuentes para que lo escondan en paraísos fiscales donde engrosen cuentas secretas a nombre tanto de los citados delincuentes como de los citados recaudadores.
martes 30 de septiembre de 2008
TRES CUENTOS
CUENTO PARA FRANCESC
Una vez le pregunté a mi tío Luis por qué llevaba un aro que parecía muy antiguo taladrando el lóbulo de su oreja izquierda, a modo de pendiente.
Resulta que nuestra familia por parte de padre proviene de un capitán pirata javalés. En la época en que se inicia el relato, mediados del siglo XIX, la piratería en las islas de Java y Borneo era, junto con la pesca, la principal fuente de ingresos de los habitantes de sus costas y los piratas más atrevidos llevaban sus barcos en busca de botín por mares muy alejados de sus bases, tanto que, los que conseguían doblar el cabo de Buena Esperanza, la punta sur de África, desde Oriente hacia Occidente, se colocaban un arete de oro en la oreja izquierda, como signo de su audacia. Así fue como mi tataradeudo consiguió entrar en la elite de los piratas javaleses. A partir de entonces, su familia era una de las principales de la isla y el aro, símbolo de valentía y valor, era heredado por el hijo varón primogénito generación tras generación.
Aquel antepasado no se contentó con doblar el cabo y volver sino que encaró el noroeste y subió por las costas de Angola a la búsqueda de barcos portugueses que tenían líneas comerciales en la zona pero, tan alejado de sus bases naturales, no podían tocar puerto seguro y en una tormenta perdieron el barco. Unos cuantos supervivientes pudieron llegar hasta el archipiélago de Cabo Verde, camuflándose como pescadores, hasta que pudieron pasar a las islas Canarias, donde se afincaron todos excepto mi antepasado que pasó a la península. Con el tiempo llegó a Barcelona donde, dadas sus conocimientos de navegación, se empleó en una compañía mercante que hacía la ruta de Barcelona a Génova y allí se jubiló. Desde entonces, todos los hijos mayores, al llegar a la mayoría de edad, se colocaban el aro que les pasaba su padre en la oreja izquierda en recuerdo de las gestas de aquel deudo.
Mi padre me contó que un antepasado suyo fue estudiante en el imperio chino. Estudiaba para presentarse a los exámenes de mandarín y conseguir ser alto funcionario del imperio. Entonces, los mandarines tenían mucho poder porque eran los únicos que tenían conocimientos, sabían música, historia, escribir, etc. Un mes antes de la convocatoria de los exámenes los aspirantes se ponían en camino pues debían llegar hasta la capital. Era un viaje peligroso porque entonces los caminos estaban infestados de salteadores y así, las familias de una misma comarca que enviaban hijos a examinarse acostumbraban a juntarlos y pagar entre todos una guardia de dos a cuatro soldados que los protegieran, pero también eso era peligroso pues nadie podía garantizar que los soldados saliesen huyendo ante el primer ataque de los bandidos. Para evitar eso en la medida de lo posible, no les pagaban al salir sino que los estudiantes llevaban cartas dirigidas a antiguos comerciantes del pueblo que se habían ido años antes a la capital a hacer fortuna, donde los padres pedían que, si todo había ido bien, les pagasen a los soldados y ya ellos después ajustarían cuentas.
Aquel año, sin embargo, hubo una dificultad añadida: mi antepasado era una chica y eso no podía ser entendido ni por el resto de aspirantes, ni por sus familias, ni por los soldados, que se negaron a dar protección a una mujer. Como veis, la China de finales del siglo XVIII era una sociedad muy machista y no hubo manera, pese a lo mucho que insistieron sus padres que eran muy liberales y sabían lo mucho que había estudiado, de que aquella chica fuese admitida en la caravana.
Pero Xiaohua, que así se llamaba, era muy terca y la misma noche en que habían salido sus compañeros ella inició el viaje sola, caminando de noche y escondiéndose de día en el bosque. Pronto se le acabaron los víveres y aunque había estudiado muchas cosas, no sabía hacer algo tan sencillo en su pueblo como cazar así que, tras dos días sin comer más que algunas moras silvestres que encontraba, se atrevió a dirigirse a la primera casa que encontrase a pedir algo de comer. Estaba a los pies de una colina, aún a muchos días de Pekín, que resultó ser una de las montañas que los taoístas consideran sagradas y al final del camino sólo encontró una pequeña ermita donde vivía un monje que le dio de comer de la sopa que se había preparado y le dio unos pastelitos de arroz y fruta para el camino. Cuando le explicó su propósito el monje le preguntó si ser mandarín era lo que más le gustaba y ella le dijo que no, que lo que más quería era ser marino, pero que vivía en el interior y no conocía el mar más que por los libros, y el monje le contestó: desde aquí el mar está más cerca que Pekín.
Aquella noche decidió cambiar su rumbo y guió sus pasos hacia la costa. Desde allí partió en un velero que hacía rutas mercantes por todo el mar de China y recaló en las islas Filipinas, entonces españolas, desde donde llegó hasta la península y se casó. Vivió en Tarragona y fue la tatarabuela de mi padre.
Mi padre siempre me contó que un tatarabuelo suyo había sido espía del bey de Túnez, a finales del siglo XIX y que había sido enviado en una misión secreta para resolver un incidente diplomático que amenazaba con provocar un conflicto bélico. Resultó que un pesquero de la isla de Alborán se perdió durante una tormenta y apareció en una playa de lo que hoy es Hamamet, un golfo al este de Túnez. Sus tripulantes fueron rescatados por unos pescadores de la costa y entregados al emir de la provincia que los vendió a una tribu de bereberes que decidieron pedir un rescate. En aquella época el poder del bey era más nominal que efectivo y el emir era un sátrapa local que no le debía excesivo respeto, así que los pescadores andaluces acabaron en el Sáhara y llegó un mensaje a la cancillería española exigiendo un rescate. Al gobierno español le daba igual la vida de siete pescadores alboranenses pero no podía consentir la humillación y exigió al bey la devolución sanos y salvos de los secuestrados, amenazando con bombardear la ciudad de Túnez, capital del país, para lo que ordenó aparejar un barco de guerra que hizo zarpar de la dársena de Alicante con rumbo al sur. El bey reclamó a sus emires que localizasen y entregasen rápidamente a los españoles pero, sabedor de que aquellos hombres del desierto los podían haber llevado a cualquier lugar de lo que hoy es Libia, Argelia, Marruecos o el Sáhara Occidental, decidió enviar un emisario a Madrid con presentes y cartas de buena voluntad.
Y así fue como mi retatarabuelo, que tenía veintidós años, partió del puerto de Túnez hacia Melilla y de allí hasta Sevilla. Tardó un mes en llegar a la corte de Madrid con credenciales diplomáticas (lo habían nombrado antes de partir ministro plenipotenciario), cargado de regalos para el rey de España, con un séquito de doce notables y sus criados, en total más de cuarenta personas, que quedaron en la corte madrileña como rehenes, hasta que volvieran los secuestrados. Se tardó un año en localizarlos y rescatarlos y habían sufrido tantas penalidades que tres de ellos fallecieron antes de lograr la libertad. Entretanto los tunecinos se habían instalado en Madrid y cuando se resolvió el contencioso con la entrega al gobernador militar de Melilla de los cuatro supervivientes, algunos de ellos entre los que estaba mi antepasado, decidieron quedarse. Tarik, que así se llamaba, conoció a la que sería su mujer y se casó con ella. Trabajó como traductor para el ministerio de Asuntos Exteriores pues sabía árabe culto, bereber, francés, turco y se defendía en los dialectos árabes del sur del mediterráneo. Luego se interesó por la política pero militó en grupos liberales lo que le hizo perder el empleo y acabaron sus días como porteros de una finca del centro de Madrid.
Yo siempre le preguntaba a mi padre que cómo sabía esta historia y él me contestaba que, en un sueño, había viajado en el tiempo hasta una casa de Túnez donde había conocido a Tarik antes de venir a la península y que allí había fotos de él y su familia. Este año he hecho un viaje a Túnez y en una casa de Susa que se puede visitar como museo vi unas fotos de fines del siglo XIX de una familia tunecina. Entre sus miembros había un joven que era clavado a mi padre, vestido con ropas occidentales y tocado con gorro turco junto a otros, vestidos con chilabas y turbantes. Yo siempre pensaba que mi padre se inventaba las historias que nos contaba a mis hermanos y a mí y ésta resultó ser verdad.
lunes 4 de agosto de 2008
El Banco de Venezuela
Hace ocho años, el gobierno de Venezuela decide privatizar un banco hasta entonces público. Lo vende a un grupo bancario español, que lo compra, supongo que con unos compromisos de respeto de la plantilla, de presentación de un plan empresarial coherente y, por lo publicado recientemente, con la obligación de solicitar anualmente permiso para repatriar a España los beneficios obtenidos de su actividad, permiso que cada año se le ha ido concediendo. Al cabo de estos ocho años, se conoce el interés de un banquero local en adquirir ese mismo banco, el Banco de Venezuela, se llama, y el gobierno de aquel país le dice al Banco de Santander, que es grupo español que lo compró en su día que espere un momento, que fue invitado a participar en una puja para penetrar en el mercado venezolano, que se le vendió un banco consolidado y extendido en todo el país, para que hiciera banca, todo lo bien y eficazmente que supiera y lograra beneficios de dicha actividad. No se le vendió un patrimonio público, propiedad última de todos los venezolanos, para hacer un “pelotazo”, sino para hacer banca. Así que, si ahora el Banco de Santander considera que no le interesa estar en el mercado venezolano y quiere vender dicha herramienta de trabajo, se debe dirigir al gobierno de aquel país y pactar un justo precio para que dicha propiedad revierta en su anterior propietario, que decidirá si vuelve a ser de titularidad pública o se vuelve a ofrecer en puja a otros grupos bancarios interesados en tener presencia directa en el país.
Explicado esto, no consigo entender por qué es tan mala noticia que ocurra lo que está ocurriendo. No se ha expropiado a un precio injusto una propiedad a nadie, sólo se le ha indicado cual es el camino correcto para deshacer ordenadamente su inversión. ¿Por qué se presenta esto como una ocurrencia de Chávez, una gansada más? ¿Por qué se aprovecha para presentarlo como un sátrapa iletrado que hace daño a la coherencia del mercado? Precisamente hoy, día 4 de agosto de 2008 un editorial de El País, redunda en esa idea, defendiendo que es una mala noticia la intervención en sí, sin calibrar si es una buena o mala idea. Sacralizando el discurso de que los gobiernos no están para meterse en estas cosas. Si el Banco de Santander compra por cuatro y vende por ocho a un banquero que, al comprar a un grupo privado, no está obligado por las condiciones en que se hizo la privatización inicialmente, loado sea el dios de los mercados y sálvese el que pueda. Pues, sinceramente, veo mucho más coherente y eficaz, en la defensa de los intereses del país, la reacción que ha tenido el gobierno venezolano. Ojalá la eficaz banca pública que había en España hasta los años 80 hubiera continuado existiendo y revirtiendo sus ganancias a la comunidad. En vez de eso, se malvendió haciendo un paquete que ahora es la “A” (Argentaria) del grupo BBVA, paquete en el que entró hasta un banco que pertenecía a los sindicatos que lo habían heredado del sindicato vertical de la dictadura (el Banco Rural y Mediterráneo). Supongo que los economistas liberales están mucho más tranquilos ahora que aquella institución está en manos de banqueros de toda la vida. ¿Para qué querían un banco los sindicatos? ¿Qué iban a hacer con él, pobrecitos, si no saben ni hacer la o con un canuto?
jueves 19 de junio de 2008
La República y Bono
viernes 6 de junio de 2008
Poemas
como quien tira de una pesada maleta,
dirigido a las colinas doradas
que resplandecían como estrellas.
Tomaba de la lluvia las cadencias
y hablaba así con todas las distancias,
presuroso en la voz, divertido en las esperas.
Y con puntualidad astral,
cambiaba de mano la cabeza
o la llevaba rodando por el suelo,
sin importarle el deterioro de los ojos.
Escupía de vez en cuando
y lanzaba por su boca cometas
de cola luminosa y venenosa.
Titán de los espacios, inexplicable monstruo,
buen genio incomprendido y repugnante,
pisaba los planetas buscando luz en Io
u oscuridad en Beta,
como un contradictorio místico
lector de todas las Utopías.
Y no era más que un engendro universal
que yacerá bajo un océano o, tal vez,
dé forma a una montaña.
Arrastró sus razones,
que nadie se explicaba,
y murió solitario, sobre ellas.
Subuyo que sube, tienta, vuela
y luego baja sin mover un dedo
de su inimaginable anatomía.
Mirando al sol,
tal como lo dejaron
cuando se les aconsejó que lo parieran,
vestido de color verde y granate.
Y aún tenía algo comparable a nuestros ojos.
Mirando al sol,
se los dejó en el aire.
¿Dónde estarán los ojos de Subuyo?
¿Qué manantial engrosan? ¿Qué misterio
han querido cerrarle a su mirada?.
Y él sigue, sube, tienta y vuela,
mirando al sol,
indagador cegado,
acusador implacable de una afrenta.
¿Dónde estarán los ojos de Subuyo?
SUEÑO ESTELAR
De una cúpula neoclásica
goteaba viscosamente el tiempo
que minuto a milenio
la había cubierto.
Y entre las sombras,
caminaba el silencio, pesaroso,
acumulando orejas desprendidas,
innecesarias,
Ni tan siquiera la castración había bastado,
había sido necesario
más,
castrar las lenguas,
los cerebros,
los sonrientes espíritus
y las lógicas sinrazones.
Y ahora, el tiempo y el silencio,
se materializaban sobre restos
antropológicamente deformados y tristes.
Habían tomado cuerpo,
lechosos y repugnantes,
vomitando muerte sobre la muerte,
saludando cínicamente cada amanecer.
martes 11 de diciembre de 2007
Caribe
La cortina se movía rítmicamente, con una cadencia marcada por el viento que afuera batía las ramas del árbol con furia. Pero, en pasando la ventana, se amansaba y daba a la tela un compás de bolero. Siempre pensaba entonces que algo similar debió notar Olga Guillot cuando era joven y combatía el calor regando la sábana, allí en La Habana.
Ahora se evadía con sueños caribes y sentía no tener alguien a mano para contarle sus años pasados. A poder ser alguien nuevo, con la sorpresa y las ganas de escucharle por estrenar, porque a los conocidos ya los había usado muchas veces y, cuando accedían a oírle, le contradecían y le impedían añadir nuevos personajes o situaciones. Eso le enfurecía pues, si lo que querían era una repetición, que hubiesen llevado una grabadora la vez anterior. No entendían que Olga nunca cantó dos veces igual un mismo bolero.
. . .
El aire se había calmado y ahora hacía bochorno. Conectó el ventilador colonial que había instalado en el techo y empezó a recordar.
Allí donde iba, siempre había un gran ventilador de aspas. Desde el mejor hotel hasta el burdel más barato, siempre le acariciaba la brisa mecánica, tan caliente a veces que conseguía acelerar el sudor, que secaba con gesto indolente con pañuelos de un blanco inmaculado. Era un dandy y se consideraba guapo. Sabía que atraía a las mujeres por su belleza triste, que aprendió a aparentar tras haber vivido con ella sin saberlo durante años. Pero sólo rendía a las mujeres blancas, porque a las mulatas y a las prietas no las atraía en absoluto y debía pagar si quería gozar de sus labios carnosos y sus caderas hospitalarias, de sus cinturas de avispa y sus vientres duros, firmes de tanto bailar, de sus muslos tallados en basalto. ¿Aquéllas mulatas!. Nunca consiguió que una sola perdiese por él la cabeza, él, que la perdió por tantas. La primera plancha eléctrica que llegó a La Habana se la regaló a una prieta de no más de quince años, que le agradeció la distinción con una noche de son horizontal. Lo cabalgó con el mismo frenesí con que bailaban en el cabaré las rumbas, él, vestido de blanco hasta la corbata, con solo la cinta negra del sombrero como seña de distinción, orgulloso de aquella chiquilla que era hija de dioses africanos, para la que sólo fue el canal por el que llegó una plancha eléctrica.
. . .
Quiso ser muchas cosas y las habría sido si, después de la foto, la única foto que conservaba de la niñez, hubiera podido seguir con el puño en alto. Pero no pudo y supo, o intuyó, que debía olvidarse de aquello en cuanto le cambiaron el nombre a las calles y las plazas. Sería un vencido y se aplicó a la tarea. Por eso la vida empezó cuando en medio del mar, enrolado en aquel carguero, vomitaba su mareo por enésima vez. A partir de ahí, recuerda. Conoció amigos que suplieron a los que, en la niñez, escarbaban en la tristeza. Los nuevos estaban instalados en la alegría. Para él, esa sería su infancia a partir de entonces, bebiendo en los puertos, cambiando de idioma y de barco constantemente. Recuperó la risa y la emoción de la travesura y así, pasó de ser un niño triste y maduro a ser un hombre alegre e inconsciente.
Y desde esa inconsciencia en la que se instaló, comenzó a colaborar con los compatriotas vencidos que no se resignaban. Nada importante: llevar notas o informes, seguir a alguien, recoger mensajes o participar en reuniones donde entendía bien poco de lo que hablaban, todos mayores que él. Y cuando le afeaban su carencia ideológica llamándole nihilista o carbonario, palabras que no entendía pero que le sonaban de maravilla, él se encogía de hombros y les decía que hablaban de algo que no había conocido: "¿Qué guerra?, ¿qué hambre?, ¿qué represión?. Yo nací en un barco en alta mar. Cortaron mi cordón umbilical con un puñal javalés de cachas de carey, reservado para dar la vida a los príncipes y quitársela a los reyes. Saludó mi venida al mundo una tripulación asiática con ritos que ya se habían abandonado en sus islas. . .". A estas alturas lo echaban de la reunión y él marchaba aliviado a beber cócteles y seguir contando su historia a las mulatas sin prisa o a las blancas con ganas de juerga.
Y cuando le dijeron que tenían una misión para él allí, aceptó sonriente, como siempre, pero en su interior notó una inquietud, como si un mago con poderes arcanos le invitase a regresar a una vida anterior. Volvió, cayó y calló, a pesar de la insistencia, hasta que lo dejaron en paz. Luego buscó un puerto y unas tabernas, pero el ron era matarratas, las putas tristes e impacientes y no había tripulaciones indonesias con anillos en las orejas. Era como si le hubieran encerrado en el negativo de una fotografía de cualquier puerto que había conocido. Fumaba caldo de gallina, ¡él, que siempre llevaba un puro en la boca y otro asomando por el bolsillo superior de la americana!
Durante un tiempo largo no pudo refugiarse en sus historias, pues a nadie le importaba escucharle. En cuanto pudo instalarse mejor, compró un giradiscos y un montón de vinilos de Olga Guillot y, gracias al capitán de un barco marsellés que tocaba puerto dos veces al mes, consiguió ron del Caribe y se compró un ventilador de techo y una cama de cabezal dorado. Y con todo eso se encerraba entonces y, cuando había suerte, en los raros días de vendabal, abría la ventana y corría la cortina, tumbándose en la cama para asombrarse de nuevo viendo como el viento huracanado se transformaba en una dulce brisa tras el dintel, que hacía bailar a la cortina el bolero de Olga.